Antonio García Barbeito.- Cuando las campanas de la tribu doblaban, una pregunta corría por las calles, la misma —«¿quién se ha muerto?»—-, y las mujeres que faenaban salían a la casapuerta a ver si se enteraban de algo, y los hombres que estaban en los casinos corrían la misma pregunta de unos a otros, y en el campo, hasta donde llegaba el son de las campanas los días serenos, los hombres hacían cálculos: «Ése habrá sido Fulano, que me han dicho andaba bastante maluscón…» Quien se enteraba primero iba propagando la luctuosa llama de la noticia, hasta que todos sabían ya quién había dejado de estar entre ellos. Empezaba ahí un rito de cumplidos, que unos corrían a la casa del fallecido y otros aguardaban a la noche, cuando fuera el velatorio; otros aguardaban la hora del entierro y la interminable fila del pésame. Pero hubo veces en que las campanas doblaron y no fue por ningún vecino, aunque sí por un paisano que vivía fuera y que había pedido que, cuando muriera, lo llevaran a enterrar entre los suyos. En esos casos, todo era espera, y los paisanos se iban a las puertas de la iglesia a esperar que llegara el coche de la funeraria desde Sevilla o desde otro pueblo.
La noticia de una muerte es seca, como un telegrama oral que cincela el luto al decirse. Recuerdo noticias de muerte de enfermos que estaban en el hospital o de accidentados que no salieron del laberinto de sus heridas, y aun de personas que se quedaron «en la piedra». Si el fallecido era una persona joven, se venía antes la noche, con tal de enlutarlo todo. La muerte en las tribus tiene un sentido distinto por la cercanía, porque, como decía Hernández, «aquí la vida es pormenor». La muerte es la misma en todas partes, pero no suena igual un grito en un descampado que en una ermita. Ahora, antes que las campanas, cuando la muerte es cercana, «dobla» en los mensajes del móvil antes que en las campanas. Ayer, dormido aún en la mañana, me llegó un mensaje de mi amigo Ángel Formoso: «Ha fallecido mi madre». Antes de que me diera tiempo de llamar, otro: «José Sánchez Dubé ha fallecido»; al rato, otro, éste de mi querido Carlos Crivell: «Mi madre ha muerto esta mañana». Tres dobles de pitidos del móvil, tres esquelas virtuales. Conocí poco a Sánchez Dubé, pero lo bastante para saber de su serena bondad. Curra y Paquita fueron muy cercanas, y más sus hijos. Por la caliente palabra de este escrito, reciban mi abrazo más fraterno.
Publicado en ABC el 7 de febrero de 2010